Dentro de un cuarto de hora ya no será mi cumpleaños. Hoy ha sido un día raro.
Es la primera vez que no lo digo. Desde los caramelos hasta las docenas de churros en el penúltimo algodonal, siempre me ha gustado que fuese un día diferente, que me dieran besos, que me preguntasen la edad, que me sonrieran al felicitarme. Siempre he dejado cosas en la cocina y he indicado las instrucciones de uso en un mail: “hay pasteles para todos, hoy es mi cumpleaños. Podéis coger tantos como queráis siempre que antes os paséis por mi mesa a darme besos, felicitarme y decirme lo joven que estoy y que parece que cumplo 20”.
Así es que hoy ha sido gris, extraño, un poco plof. Pero no he querido decirlo. Después de casi un año (que hará el mes que viene) me llevo bien con todo el mundo, ya tengo cierta confianza, ya me siento a gusto con la gente, pero no. Tengo muy claro que esa no es mi empresa, ese no es mi sitio, esa no es mi vida. Mi vida está fuera de esas paredes.
Quizás acabe jubilándome en ese maldito sitio, ya que la crisis, la edad, el horario, cómo está el patio y que si la abuela fuma; pero mi vida personal es el último reducto que me queda. Es mía y es íntima, y no quiero compartirla con los que allí están. Y saber que era mi cumpleaños y que sólo yo lo sabía y que era algo mío, era como guardar una monedita de oro en la mano y verla brillar a escondidas, con una sonrisa.
A lo mejor nadie lo entiende, pero yo sí. Y eso es suficiente.
Gracias por leerme un día más.





